China volvió a dar un paso clave en la búsqueda de una fuente de energía prácticamente inagotable. Científicos del gigante asiático completaron y probaron con éxito el imán superconductor de campo toroidal más grande y avanzado construido hasta ahora, una pieza fundamental para el desarrollo del reactor experimental de fusión nuclear conocido como el “sol artificial”, un proyecto que busca reproducir en la Tierra el mismo proceso que genera la energía del Sol.
El nuevo componente, de aproximadamente 582 toneladas y 21 metros de longitud, fue desarrollado por el Instituto de Física del Plasma de la Academia China de Ciencias (ASIPP), con sede en la ciudad de Hefei. Su función será contener el plasma a temperaturas superiores a los 100 millones de grados Celsius mediante un potente campo magnético, condición indispensable para que ocurra la fusión nuclear de forma estable y segura.
El director del ASIPP, Song Yuntao, explicó que este logro representa uno de los avances tecnológicos más importantes del proyecto, ya que el imán fue diseñado y fabricado completamente con tecnología desarrollada en China. El programa ya alcanza cerca del 80 % de ejecución y acumula decenas de patentes e innovaciones industriales, consolidando al país como uno de los líderes mundiales en investigación sobre energía de fusión.
A diferencia de las centrales nucleares convencionales, que producen energía mediante fisión, la fusión nuclear une núcleos ligeros para liberar enormes cantidades de energía sin generar emisiones de dióxido de carbono durante el proceso y con una cantidad mucho menor de residuos radiactivos. Aunque todavía se trata de una tecnología experimental, la comunidad científica considera que podría convertirse en una de las principales fuentes de energía limpia del futuro.
Las proyecciones del Gobierno chino indican que el reactor experimental podría estar completamente terminado hacia finales de 2027. Si las pruebas continúan dando resultados positivos, el país espera iniciar la generación de electricidad mediante fusión alrededor de 2030, un objetivo que marcaría un antes y un después para la industria energética mundial y abriría la puerta a una nueva era de producción eléctrica con combustible prácticamente ilimitado y menor impacto ambiental.







