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¿Nos estamos quedando sin vista? Las gafas que me hicieron pensar en nuestra salud visual

Una experiencia personal durante las pruebas Saber Pro despertó una reflexión sobre la presbicia, los problemas visuales en jóvenes y niños y la importancia de dejar de aplazar el cuidado de nuestros ojos.

Una experiencia personal durante las pruebas Saber Pro despertó una reflexión sobre la presbicia, los problemas visuales en jóvenes y niños y la importancia de dejar de aplazar el cuidado de nuestros ojos.

Este domingo, mientras presentaba las pruebas Saber Pro, hubo algo que llamó mi atención más allá del examen: la cantidad de personas que llevaban gafas. En un salón donde predominaban los adultos jóvenes, ver tantos lentes se convirtió en una imagen difícil de ignorar. Éramos apenas dos adultos entre una mayoría de jóvenes y, sin embargo, las gafas parecían ser un accesorio bastante común.

La escena me llevó a una pregunta que también tenía que ver conmigo: ¿qué tanto estamos cuidando nuestra salud visual?

Hace poco tuve que comprar gafas de lectura porque la presbicia comenzó a recordarme que mis ojos ya no enfocaban de cerca como antes. Sabía que las necesitaba, pero debo confesar que una parte de mí se resistía a aceptarlo. No quería verme mayor. Parecía más fácil aplazar la compra que reconocer que mi cuerpo estaba experimentando uno de esos cambios naturales que llegan con los años.

Al final, las compré. Y mientras me preparaba para presentar el examen, entendí que aceptar la necesidad de unas gafas no debería convertirse en una lucha contra la edad, sino en una decisión a favor de mi bienestar.

La presbicia: cuando leer de cerca deja de ser tan sencillo

La presbicia es una condición visual asociada al envejecimiento natural del ojo. Con el paso del tiempo, el cristalino pierde flexibilidad y disminuye la capacidad de enfocar objetos cercanos. Por eso, actividades tan cotidianas como leer un mensaje en el celular, revisar un documento o estudiar pueden volverse más difíciles.

Suele comenzar a notarse después de los 40 años y puede corregirse con gafas u otras alternativas indicadas por profesionales de la salud visual. Una valoración permite determinar qué corrección necesita cada persona y descartar otros problemas.

Lo curioso es que, aunque se trata de un cambio frecuente, reconocerlo puede tener una dimensión emocional. Para algunas personas, las primeras gafas de lectura representan mucho más que una ayuda óptica: son un recordatorio de que el cuerpo cambia, incluso cuando nuestros proyectos y nuestra manera de sentirnos siguen intactos.

Pero envejecer no debería ser motivo de vergüenza. Mucho menos tendría que llevarnos a descuidar nuestra visión por temor a cómo nos vemos con gafas.

¿Por qué vemos a tantos niños y jóvenes usando gafas?

La escena del examen también despertó otra inquietud. Cada vez es más habitual encontrar niños, adolescentes y adultos jóvenes que utilizan gafas. ¿Estamos frente a un aumento de los problemas visuales o simplemente somos más conscientes de ellos?

Hay razones para prestar atención. La miopía, por ejemplo, puede aparecer durante la infancia o la adolescencia y dificulta ver con claridad los objetos lejanos. También existen otros errores de refracción, como la hipermetropía y el astigmatismo, que pueden afectar a personas de distintas edades.

Ver bien también es calidad de vida

Cuidar nuestros ojos no debería ser una preocupación exclusiva de quienes ya necesitan gafas. La revisión periódica de la visión permite identificar problemas y recibir orientación oportuna. En los niños, las familias y los docentes pueden estar atentos a señales como entrecerrar los ojos, acercarse demasiado a los libros o las pantallas, frotarse los ojos con frecuencia o tener dificultades para ver el tablero.

También es recomendable hacer pausas durante las actividades prolongadas frente a pantallas, mantener una iluminación adecuada, pasar tiempo al aire libre y utilizar protección ocular cuando la actividad lo requiera. Las gafas deben responder a las necesidades visuales de cada persona: no todas las molestias se solucionan con lentes de lectura comprados sin una valoración profesional.

La prevención importa, pero también el acceso a los servicios de salud visual. No basta con decirle a alguien que debe revisar sus ojos si no cuenta con información, orientación o posibilidades de recibir atención.

Por eso, hablar de salud visual también significa preguntarnos cuánto sabemos sobre ella, cuándo fue nuestra última valoración y por qué, en ocasiones, esperamos hasta que las molestias interfieren con nuestras actividades para buscar ayuda.

Aceptar las gafas también es aprender a cuidarnos

Volviendo a aquella jornada de las pruebas Saber Pro, terminé pensando que las gafas de mis compañeros y las mías representaban historias distintas. Algunos podrían necesitarlas para ver de lejos; otros, para leer; otros, por condiciones visuales diferentes. No podía saberlo con solo mirarlos.

Pero aquella imagen me dejó una reflexión que sí compartimos: la visión es fundamental para estudiar, trabajar, leer, conducir y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Y, aun así, no siempre le damos la atención que merece.

En mi caso, comprar gafas de lectura implicó aceptar la presbicia y dejar de pelear con una realidad natural. No significa renunciar a sentirme joven, ni mucho menos. Significa reconocer que puedo seguir aprendiendo, estudiando y cumpliendo metas mientras atiendo las necesidades de mi cuerpo.

Quizá la pregunta no sea cuántas personas llevan gafas en un salón, sino cuántas estamos realmente pendientes de nuestra salud visual.

Porque las gafas no son una derrota frente al paso del tiempo. Son, cuando están indicadas, una herramienta para seguir viendo con claridad aquello que todavía queremos leer, aprender y vivir.

La Organización Mundial de la Salud advierte que los errores de refracción sin corregir constituyen una causa importante de problemas de visión. En la infancia, las dificultades visuales pueden pasar inadvertidas y repercutir en el aprendizaje, la lectura y la participación en clase.

Las pantallas también forman parte de esta conversación. Pasar largos periodos mirando dispositivos puede favorecer la fatiga visual y la sequedad ocular, entre otras molestias. Además, las actividades prolongadas de visión cercana y el poco tiempo al aire libre se relacionan con el riesgo de desarrollar miopía durante la infancia.

Sin embargo, es importante hacer una distinción: observar a muchas personas con gafas no demuestra, por sí solo, que los problemas visuales estén aumentando ni que todos se deban al uso del celular. Para entender esa tendencia se necesitan datos y evaluaciones clínicas.

Lo que sí podemos afirmar es que la salud visual merece atención desde edades tempranas y no solamente cuando leer se vuelve incómodo o ver el tablero del colegio representa una dificultad.

Ver bien también es calidad de vida

Cuidar nuestros ojos no debería ser una preocupación exclusiva de quienes ya necesitan gafas. La revisión periódica de la visión permite identificar problemas y recibir orientación oportuna. En los niños, las familias y los docentes pueden estar atentos a señales como entrecerrar los ojos, acercarse demasiado a los libros o las pantallas, frotarse los ojos con frecuencia o tener dificultades para ver el tablero.

También es recomendable hacer pausas durante las actividades prolongadas frente a pantallas, mantener una iluminación adecuada, pasar tiempo al aire libre y utilizar protección ocular cuando la actividad lo requiera. Las gafas deben responder a las necesidades visuales de cada persona: no todas las molestias se solucionan con lentes de lectura comprados sin una valoración profesional.

La prevención importa, pero también el acceso a los servicios de salud visual. No basta con decirle a alguien que debe revisar sus ojos si no cuenta con información, orientación o posibilidades de recibir atención.

Por eso, hablar de salud visual también significa preguntarnos cuánto sabemos sobre ella, cuándo fue nuestra última valoración y por qué, en ocasiones, esperamos hasta que las molestias interfieren con nuestras actividades para buscar ayuda.

Aceptar las gafas también es aprender a cuidarnos

Volviendo a aquella jornada de las pruebas Saber Pro, terminé pensando que las gafas de mis compañeros y las mías representaban historias distintas. Algunos podrían necesitarlas para ver de lejos; otros, para leer; otros, por condiciones visuales diferentes. No podía saberlo con solo mirarlos.

Pero aquella imagen me dejó una reflexión que sí compartimos: la visión es fundamental para estudiar, trabajar, leer, conducir y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Y, aun así, no siempre le damos la atención que merece.

En mi caso, comprar gafas de lectura implicó aceptar la presbicia y dejar de pelear con una realidad natural. No significa renunciar a sentirme joven, ni mucho menos. Significa reconocer que puedo seguir aprendiendo, estudiando y cumpliendo metas mientras atiendo las necesidades de mi cuerpo.

Quizá la pregunta no sea cuántas personas llevan gafas en un salón, sino cuántas estamos realmente pendientes de nuestra salud visual.

Porque las gafas no son una derrota frente al paso del tiempo. Son, cuando están indicadas, una herramienta para seguir viendo con claridad aquello que todavía queremos leer, aprender y vivir.