Existe una máxima que los economistas y políticos de antaño parecían ignorar: una cosa es la guerra y otra muy diferente, los negocios. Durante los años 90 y principios de los 2000 se vendió la idea de una globalización sin fronteras.
Bill Clinton, en el Foro Económico de Davos, hablaba con elocuencia sobre un proceso diseñado por su predecesor, presentándolo como el triunfo definitivo de la libertad humana. Se dijo entonces que, si se integraba a rivales como China y Rusia en el comercio mundial, su estabilidad incrementaría la de Occidente. Hoy se sabe que esa promesa contenía una trampa compleja para la economía estadounidense.
La realidad es que, mientras Estados Unidos garantizaba el acceso libre a sus mercados, sus competidores y supuestos aliados tomaron ventaja. China, con sus innegables capacidades de crecimiento y mano de obra, evidenció las fallas estructurales de esa globalización internacional.
Se llegó a hablar, con razón, de un ‘estancamiento’ en la manufactura norteamericana. Se permitió que empresas icónicas como Apple diseñaran en California, pero trasladaran su producción a China; una estrategia que exportó millones de empleos y desarrolló tecnologías de un rival sistémico fuera de las fronteras estadounidenses.
El problema no se limitó a China. En el afán por encontrar aliados contra las amenazas de seguridad, Washington permitió que naciones amigas como Alemania, Japón y Corea del Sur desarrollaran políticas de industrialización agresivas basadas en la exportación. Estos países, leales en lo político, impactaron negativamente la balanza de pagos de Estados Unidos.
El sistema comercial operó bajo la lógica de que los consumidores estadounidenses debían absorber los excedentes de producción de todo el mundo. A cambio de lealtad geopolítica, se aceptaron déficits comerciales insostenibles derivados de una reducción de barreras que inundó el mercado estadounidense, mientras ellos protegían sutilmente los suyos.
La situación con China es la más crítica. Washington ha observado con alarma cómo Pekín manipulaba su economía, subsidiaba su sistema productivo y se apropiaba de la propiedad intelectual de nuevos productos, lo que dificulta el desarrollo de las firmas de Estados Unidos en territorio asiático.
Cabe recordar que en 1997 el PIB per cápita de China era menor que el del Congo; hoy es una superpotencia que amenaza con desplazar a Estados Unidos. Intentar excluir a China del sistema ahora no es un buen negocio ni una tarea fácil, debido a la intrincada red de comercialización global.
Se observa, por ejemplo, cómo empresas chinas como BYD planean instalarse en México para vender sus autos eléctricos directamente a Estados Unidos, aprovechando los tratados de libre comercio para eludir restricciones.
Por ello, es imperativo promover un proceso de reindustrialización serio. Se requiere una inversión importantísima que reduzca la dependencia del consumo de bienes chinos y revitalice la base productiva nacional.
El camino es la reciprocidad. Si Alemania y Japón quieren seguir siendo socios privilegiados, deben adaptar sus modelos para evitar su propio estancamiento y contribuir al equilibrio comercial.
Se debe aceptar que las esferas de influencia son una realidad y que, para sobrevivir, Estados Unidos debe dejar de ser el mercado de último recurso para los excedentes del mundo y volver a ser una potencia productora.


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