La captura de Nicolás Maduro en Caracas, el pasado 3 de enero, durante una operación militar ejecutada por Estados Unidos, provocó un remezón inmediato en la estructura política venezolana. Aunque el exmandatario fue trasladado fuera del país junto a su esposa, Cilia Flores, el chavismo no se desintegró. Por el contrario, el control del Estado quedó distribuido entre figuras civiles y militares que hoy operan bajo una intensa presión internacional y un delicado equilibrio interno.
En el centro de esta nueva configuración aparece Diosdado Cabello, quien mantiene una posición estratégica como uno de los hombres con mayor poder real dentro del chavismo. Desde su influencia sobre los organismos de seguridad, la policía y el sistema penitenciario, Cabello conserva capacidad de maniobra y control territorial. Estados Unidos ofrece una recompensa millonaria por información que conduzca a su captura, al señalarlo de delitos relacionados con narcotráfico y conspiración criminal, acusaciones que él ha rechazado públicamente. Su rol representa la continuidad del ala más dura del proyecto chavista y una ficha clave en la estabilidad —o desestabilización— del actual escenario.

En el plano institucional, la conducción del Ejecutivo recayó en Delcy Rodríguez, quien asumió como presidenta interina con el respaldo del Tribunal Supremo de Justicia y de la cúpula militar. Su llegada al poder abrió una etapa de transición marcada por tensiones externas e internas. Mientras sostiene un discurso de defensa de la soberanía y cuestiona la captura de Maduro, también ha manifestado disposición al diálogo con Washington, que observa su gestión como un factor determinante para la gobernabilidad y el control del sector petrolero.

El poder legislativo permanece bajo el control de Jorge Rodríguez, ratificado como presidente de la Asamblea Nacional. Con una trayectoria que incluye cargos ministeriales, electorales y de negociación política, Rodríguez se consolida como el principal articulador del chavismo en esta fase de transición. Su papel es clave para mantener cohesionadas las distintas corrientes internas del oficialismo y garantizar la operatividad institucional en medio de la incertidumbre.

El factor militar continúa siendo decisivo. Vladimir Padrino López, ministro de Defensa, conserva el mando sobre las Fuerzas Armadas y sigue siendo uno de los pilares del poder chavista. Al igual que Cabello, enfrenta acusaciones de narcotráfico por parte de Estados Unidos, que ofrece una recompensa por su captura. Su respaldo a la presidencia interina es fundamental para sostener el orden interno y evitar fracturas en el estamento militar.

En el entorno familiar del chavismo, Nicolás Maduro Guerra, hijo del expresidente, se mantiene activo como dirigente político y diputado. Tras la detención de sus padres, expresó respaldo público a Delcy Rodríguez y llamó a la unidad del partido oficialista, intentando preservar la cohesión simbólica del movimiento.

Desde la orilla opositora, María Corina Machado continúa siendo la figura con mayor reconocimiento internacional, pese a no ejercer control institucional dentro del país. Su liderazgo fue determinante en el escenario electoral previo y le valió un amplio respaldo externo, aunque sectores internacionales consideran que su llegada inmediata al poder es inviable sin el apoyo de las Fuerzas Armadas y las estructuras del Estado.

El panorama que se configura tras la salida de Maduro es el de un poder fragmentado, sostenido por acuerdos tácitos, lealtades militares y una vigilancia constante de Estados Unidos. Delcy Rodríguez encabeza un gobierno interino condicionado; Jorge Rodríguez asegura el control legislativo; Cabello y Padrino dominan el aparato de seguridad; y la oposición observa desde fuera del engranaje institucional. El futuro político de Venezuela dependerá de cómo estas fuerzas administren una transición cargada de tensiones, negociaciones y riesgos.


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