Una creciente polémica se ha desatado en Rusia luego de que el gobierno implementara nuevas estrategias para enfrentar la caída histórica en la tasa de natalidad, entre ellas la recomendación de enviar a terapia psicológica a mujeres que expresen no querer tener hijos, una medida que ha generado rechazo en distintos sectores de la población femenina.
El debate surge en medio de una profunda crisis demográfica en el país, donde la tasa de fertilidad se ubica en 1,4 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional. A este panorama se suma un contexto social complejo, marcado por el aumento de divorcios —ocho de cada diez matrimonios terminaron en 2024—, el alto costo de la vivienda y el impacto de la guerra en Ucrania, que ha reducido la población masculina joven.
Como respuesta, el gobierno de Vladimir Putin ha impulsado políticas orientadas a incentivar la maternidad, incluyendo restricciones al acceso al aborto en clínicas privadas, sanciones económicas contra discursos que desincentiven tener hijos y, más recientemente, la derivación a psicoterapia para mujeres que manifiesten rechazo a la maternidad.
Sin embargo, estas iniciativas han sido ampliamente cuestionadas por mujeres que consideran que se trata de medidas invasivas y poco efectivas. María Ivanova, una profesional del sector tecnológico de 25 años, calificó estas políticas como “crueles e inútiles”, asegurando que no abordan las verdaderas causas que influyen en la decisión de no tener hijos, como la estabilidad económica, el acceso a vivienda y la corresponsabilidad en la crianza.
Otra de las críticas recurrentes apunta a lo que consideran un enfoque desigual de género, ya que las medidas están dirigidas principalmente a mujeres, mientras que los hombres no enfrentan el mismo tipo de intervenciones ni cuestionamientos sobre su decisión de no ser padres.
Expertos en demografía han advertido que este tipo de políticas podrían tener un efecto contrario al esperado, al generar rechazo social y reforzar la percepción de que el Estado está interviniendo en decisiones personales. Organismos internacionales han insistido en que la caída de la natalidad no responde únicamente a una falta de voluntad de las personas, sino a barreras económicas y sociales que dificultan la formación de familias.
En este contexto, el debate en Rusia se ha convertido en un reflejo de una tendencia global, donde varios países enfrentan desafíos similares en materia demográfica y buscan soluciones que, en muchos casos, generan controversia entre la ciudadanía.
Mientras tanto, las voces de las mujeres continúan ganando fuerza, exigiendo que cualquier política pública en materia de natalidad respete la autonomía individual y aborde de manera integral las condiciones reales que influyen en la decisión de tener hijos, en lugar de recurrir a mecanismos que consideran coercitivos o desconectados de la realidad social.







